La felicidad era esto

Ignacio Peyró | 10 diciembre, 2016

 

 

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Nunca pensé que ese señor mayor

el hombre que camina por el parque

el que mira los árboles

el que anota en el corazón

el vuelo de los pájaros

Nunca pensé que ese señor

que se para en las librerías

que pasa ante las terrazas

vacías del otoño

Nunca pensé que ese

que mira como una nostalgia

a las muchachas

que camina

tras una despedida

sería yo.

El AVE ha abolido un placer: aquella emoción infantil que sentíamos los mesetarios cuando -de pronto, como por un ensalmo- notábamos ya la cercanía del mar.

Ese momento terrible en la vida en que de pronto uno se convence de que lo importante es participar.

Cartas. “Las ventajas de la vida retirada son obvias para el escritor y también ahí se esconde un gesto de libertad que es importante, un mensaje que se dirige al mundo”.

Había algo hermoso en esa costumbre -ya muerta y sepultada- de poner a las gentes el nombre del santo del día. Así no sólo podía suceder que un pastor, pongamos, de Soria o de Socuéllamos, de pronto se viera elevado a las altas dignidades de responder por el nombre de un rey o de un sabio doctor: también podía tener el nombre de otro pastor de la Capadocia muerto quince siglos atrás. Con el tiempo, los pueblos llegaban a convertirse en algo ciertamente hermoso: una copia humana de los graderíos del cielo, con sus Bautistas, sus Magdalenas, sus Teresas y sus Benitos. Pero lo más hermoso es la justificación de la costumbre: al poner el nombre del santo del día, era Dios quien elegía el nombre.

Memento mori moderno: ese crecimiento imperceptible, año tras año, del seguro sanitario, lento e inexorable como el afilar de la guadaña.

Aire de familia. En los parecidos entre hermanos, siempre hay uno que vemos como el modelo acabado, y los demás como copias más o menos conseguidas.

Qué humildes,

las farolas de mi calle:

agachan la cabeza

para dar mejor luz.

Funeral. Circunstancia severa. Liturgias del gran dolor. Esa dignidad inmensa del rito, por la cual quien tiene un funeral ya tiene la misericordia de una buena muerte. Paradoja cristiana: estar tristes, sin dejar de estar esperanzados.

Lleva tres domingos seguidos lloviendo. Parece un otoño de los de la infancia, que, como se sabe, es el país más lluvioso del mundo.

El Puerto de Santa María. Viaje relámpago como el AVE que me lleva. Tren madrugador. Voy sin dormir, por el peor de los motivos -trabajo- y no por fiesta. Soñaba con ver las marismas, pero debo contentarme con el paisaje de los folios. Mi amigo poeta me recoge en la estación. Ha estado delicadamente pendiente de mí antes del viaje -me aloja en su casa- y lo va a estar durante todo el viaje. Es común entre los hombres reaccionar al afecto con el escepticismo de un perro apaleado, pero una lección de la vida es saber gozar la estima ajena. Lo primero que hacen el poeta y su mujer es llevarme a un barco. Mi experiencia náutica no va mucho más allá del estanque del Retiro, pero -ya embarcados- el escenario es un idilio: el día parece posar para las autoridades turísticas, y no es difícil sentir un punto de plenitud vital cuando, en vez de agostarnos frente a un Word, estamos tomando jamón y Tío Pepe con un rizo de brisa estimulante. En el mar, me asusta pensar que estamos ya otoño adentro y todavía no lo había visto este año. Y también me asusta recordar que estamos -tartesos, fenicios- ante uno de los mares más antiguos del hombre. Una nota humana, como dirían los periodistas: ese brillo en los ojos del patrón del barco cuando dice que va a tener su primer hijo.

Tras el mar y una siesta bien roncada, salgo al “halago de este clima” para una pequeña charla literaria en el jardín. Por desgracia es breve, pero el motivo de la brevedad es bueno: casamos a un amigo del colegio. Iglesia de los jesuitas, salve rociera: un mundo antiguo todavía. En la fiesta, veo al hombre que venencia la manzanilla y me dirijo en tromba hacia él. Van pasando las horas y las copas y los bailes. Logro convencer a una chica de que tirarnos al mar es una idea que -en verdad tentadora- puede tener consecuencias desaconsejables. Entre el vino y la amistad casi se siente uno mejor persona, por lo que, ya tarde, en un compás del baile, tomo perspectiva temporal, medito someramente sobre la vida y me sale de dentro un brindis hacia el colegio en el que crecimos creo que más para bien que para mal. Seamos piadosos hacia el pasado, siempre. “And so to bed”, que diría Pepys.

Al día siguiente, duermo hasta cansar los relojes y nos vamos a ver Gonzáles Byass: tan afecto a los jereces, sólo puedo pasear por la bodega con el recogimiento de un monje en oración. Es pasmosa la fidelidad hacia la propia belleza que define a la Baja Andalucía: la arquitectura, una cierta estética del vino, aquí adobada con un punto monárquico y otro punto inglés. Saco fotos para el archivo sentimental, consciente del consuelo y la alegría que me dará el repasar esas fotos –San Bruno, Tío Pepe, Brandy Soberano– cuando esté lejos. Comemos con poetas, hablamos de poesía. Cojo el tren a Madrid como quien se encamina hacia el exilio. El viento es un abandono en los andenes.

A veces me digo: “la felicidad era esto”. Y me quedo un poco como estoy.

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