La vida como debería ser

Ignacio Peyró | 4 enero, 2017

Dentro de muchos años –pienso- estas serán para mis sobrinos las navidades míticas de su infancia, y recordarán a sus abuelos por los pasillos, y a los tíos que los cogían para subirlos por los aires, y el sabor de no sé qué plato, y la vigilia de ansiedad antes de Reyes. La Navidad es uno de esos momentos en que la vida es como debería ser. También, es de las pocas cosas de verdad importantes que nos pasan: cenar, en la mesa de la Nochebuena, entre las miradas que se asomaron a nuestra cuna, las que se asomarán a nuestra tumba y esas que todavía nos sostienen para no caer. La luz de estos días ilumina, sin duda: pero sobre todo agradecemos el calor que aún pone en ese trastero frío que solemos llevar por corazón. No somos otra cosa –decía Péguy– que inocencias recobradas.

“Hasta que te conocí, creí que lo que más me gustaba en este mundo eran los nicanores de Boñar”.

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Pienso en el drama de cierto conocido: ¡qué duro debe de ser que nunca le hayan confundido con una persona inteligente!

Tal vez quepa estar orgullosos, según dicen, de lo que hemos leído. Pero me temo que en nuestros días el mayor orgullo está en lo que no hemos leído: en todo el horror de banalidad –la banalidad es el infierno contemporáneo- que nos hemos evitado leer.

No importa que estén cerca o lejos: hay algunos recuerdos a los que no queremos volver por miedo a que se desgasten.

Quizá nuestro don como españoles esté en una sociabilidad que engrasa la convivencia y genera una fraternidad –una igualdad- espontánea. Pero tiene un envés en sombra: mi sensación es que España está llena de esas personas que son maravillosas cuando no las conoces.

¡Qué enorme poder sobre nosotros damos a quienes amamos! Si el enamoramiento es una colonización del alma, el amor es una cesión de soberanía.

Esto de levantarnos cada mañana es todo un gesto de optimismo por nuestra parte.

Último día del año. Durante meses he esperado irme al campo como quien espera el ingreso en la Jerusalén celestial. Al poco de coger el coche encuentro tanta niebla y tanta nieve que pienso en una ironía funesta: todo este tiempo con el alma hecha un lamento por irme, y al final puede ser que no lleguemos. Luego el día va pasando de la oscuridad a la luz y estoy por sacar alguna conclusión de orden moral al respecto. En el viaje, procuro tomarme mi tiempo: hay un par de gasolineras que merecen la pena. En una de ellas, el dueño tiene una carta de vinos que ya quisieran en los restaurantes de fama de París, de modo que uno puede comprarse –pongamos- un bidón de gasóleo agrícola y luego discutir los méritos de las distintas añadas y productores de Montrachet. En la otra, me quedo embobado ante un catálogo de especialidades regionales digno de un museo antropológico: botijos con forma de bellota, pastas de pueblo que con su nombre –Nra. Sra. de la Soledad- honran a la Virgen, esas ristras de ajos que aún dan a cada estación de servicio el aire de una venta cervantina. De ser uno extranjero, pensaría que los españoles llevan siempre en el bolsillo una navaja de Albacete. El progreso avanza, pese a todo, y entrar al baño ya no representa una incursión en los estratos más siniestros de lo humano. En esta gasolinera, contra mi costumbre, doy en hacer algo de shopping, y compro tasajos de cabra y unos caramelos de malvavisco que se fabrican en Almendralejo y que lucen un diploma de “Su Majestad Alfonso XIII (Que Dios Guarde)”. Total: 9,30 euros. De nuevo en el coche, afronto el último tramo mientras me recito interiormente esos versos de Du Bellay que tantas veces, ay, tantas veces, me acompañan en las mañanas de atasco:

Quand reverrai-je, hélas, de mon petit village
fumer la cheminée, et en quelle saison
reverrai-je le clos de ma pauvre maison,
qui m’est une province, et beaucoup davantage ?

A mi entender, son unos de los versos más hermosos –por exactos- de toda la lírica de occidente. Cuando por fin aparco, bajo del coche con el alivio de un israelita liberado del cautiverio. Los perros ladran, todo saluda. Ya estoy en casa: ¡alzad, oh puertas, los dinteles!

A la tarde salgo a pasear. Llevo unas botas con las que podría someter el Himalaya, pero el mundo es una conjura de suavidad en esta última tarde del año: las encinas cabecean a media colina, las charcas posan tranquilas para reflejar el cielo; el sol, ya en lenta recogida, va despertando cada matiz del verde en las praderas. Escucho –y luego veo- a unas ciervas “tocando el tambor del llano”, mientras voy y vengo pensando en mis cosas, que es lo más parecido a no pensar en nada. De vuelta a casa, me pongo a hacer facturas –es fin de mes- como un señor Scrooge. Ya va siendo tarde. Antes de la cena, me administro una hora de Wodehouse para asegurar que en la noche no faltan las burbujas. Después de la cena, con quien me acomodo es con fray Luis:

clarísima luz pura,

que jamás anochece:

eterna primavera aquí florece.

Curioso: un viejo poeta puede resumir mi paseo de la tarde y la felicidad de estar aquí y ahora.

Uno de enero, y al año nuevo lo único que le pedimos es llegar a despedirlo.

Más que viajar, lo que nos gusta es volver.

Me paseo cinco minutos por el escaparate virtual de una tienda de –en principio- respetables zapatos italianos. Me quedo un poco sorprendido: ¿qué hombre dotado de recta razón se puede poner eso? No doy crédito. Ya me voy a entregar a la jeremiada sobre el mundo contemporáneo cuando caigo en la cuenta de que estoy viendo la sección de mujeres.

A veces me molesta que me pidan cosas, momento en el cual me da por recordar las veces que yo tengo que pedir cosas a los demás. El mundo siempre se las arregla para cuadrar –en concreto, para cuadrar en nuestra contra. He ahí una pedagogía inagotable.

“A ti es mejor leerte que sufrirte”: en todo reproche hay un halago.

Para avanzar en la vida, cierto amigo afirma seguir lo que llama “la estrategia del rodaballo”: confundirse con el paisaje, adoptar un perfil plano, pero mantener los ojos bien abiertos.

Un señor en un bar se acerca a mí, me extiende la mano y me dice “usted debe de ser Joaquín Peiró”. Yo le miro, dudo un poco. Al final, le estrecho la mano y, con mi sonrisa más amplia, le digo un radiante “¡por supuesto!”

Algunos días se nos regalan con el único fin de ahorrar alegría para otros.

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