Observaciones mundanas

Ignacio Peyró | 16 febrero, 2017

Dame luz, Señor, para ver mis defectos -pero, por favor, no todos a la vez.

Qué poco nos gusta gustar por lo que no nos gusta de nosotros.

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Nunca entramos dos veces en el mismo río y nunca miramos dos veces a la misma mujer.

Observo que en Horcher han comenzado a usar “tablets” de Samsung para tomar las comandas, y me siento como la vieja beata que ve con estupor cómo alguien decide subir por primera vez una batería al presbiterio.

Perdonamos las vanidades ajenas a cambio del placer que nos da observarlas.

Me he comprado unos cordones de colores. Verde alegre y lavanda desvaído. 2 euros cada uno. Norma moral general: planear que nos salgan baratos los arrepentimientos.

Por correo electrónico, una delicadeza propia de la edad epistolar: “de vez en cuando no me olvide”.

En el tribunal de las mujeres no hay presunción de inocencia -pero al menos se reservan el derecho de gracia.

Considerarse reaccionario siempre tiene un punto de halago hacia uno mismo, como -por cierto- considerarse progresista. A las gentes modestas no nos queda más que ser modestamente conservadores.

Si hay un modelo de hombre completo, creo que es este: aquel que es capaz de ser grave sin dejar de estar alegre.

Cada vez más canas. El tiempo es una venganza de no sabemos qué.

Es más fácil ser con uno mismo un Paulo Coelho que un Cioran.

Una forma tan oblicua como efectiva de la humildad es trabajar para conseguir las cosas por mérito y conseguirlas por suerte.

Mi plato preferido debe de ser el orgullo, de juzgar por las veces que me lo como.

A veces nos quejamos de que nuestra vida transcurra en cuatro calles. Hasta que nos separamos de ellas.

Ni lista de agravios… ni lista de halagos.

Que su odio no te extrañe: siempre te tienen más odio del amor que te tenían.

En el sitio más inesperado de este mundo
encontré a una discípula de Álvarez Junco.

Hay un retrato nuestro que sólo pintan nuestras propias vanidades.

Conversación –que luego me cuentan- entre dos escritores de los importantes:

A: Oye, ¿y este Peyró es gay?
B: ¡Qué va! Si siempre le he visto con chicas estupendas.

Escena típica en la vida: un hombre me da un consejo, una mujer me hace un reproche.

“Me dice X que te saludó y que no le hiciste caso”. Igual que Stendhal se preguntaba a quién había halagado cada día, vamos a tener que preguntarnos a quién hemos agraviado sin saberlo.

La paciencia con las pérdidas de tiempo -comidas tediosas, gente que te intenta convencer de algo- debe de constituir una de las artes más extremadas de la caridad.

Días de invierno ya tibio, en los que cumplir al fin el sueño adolescente: salir a la calle sin abrigo.

Hacerse mayores: que el viernes deje de ser el día de la ilusión para convertirse en el día del cansancio.

– ¿Y en qué te fijaste en mí?
– En que llevabas las gafas sucias

Siempre es tarde si la dicha es buena.

Uno de esos días tan malos en los que nos resistimos a ir a dormir para no reconocer nuestra derrota.

Nunca gozamos de mayor lucidez política que cuando la política nos aburre un poco.

Ocultamos al escritor que llevamos dentro como –no es el caso- intentaríamos ocultar al asesino.

Ese momento crítico en la noche en que no sabemos si reordenar el mundo o elegir modestamente la camisa de mañana.

La tasa de participación en actividades culturales debe de ser –imagino- inversamente proporcional al tiempo dedicado a la lectura sosegada.

Título para una comedia aristocrática de enredos: “En tu finca o en la mía”.

Tras laminar la palabra “talento”, ahora van a malbaratar la “creatividad”. Esto de “ser creativo” se debe, supongo, a la cantidad de idiotas que quieren sentirse artistas sin por ello tener que renunciar a ser idiotas.

Más que hacerse mayor, lo que cuesta es deshabituarse de ser joven.

El precio de la precocidad es el arrepentimiento.

Si alguien me preguntara qué he hecho el fin de semana, le diría que he estado jugando al baloncesto, cosa que es cierta, pero temo que le resultaría más creíble oírme decir que he estado con tres mulatas oriundas de Rio de Janeiro.

Ojalá nos juzgaran por lo que hemos perdido.

La debilidad, la inclinación del corazón -por ejemplo, hacia las mujeres, pero no sólo hacia ellas- es de lo mejor que tenemos. También en nuestra capacidad de resistirnos a ella.

En el bar de un hotel. El camarero ve que estoy esperando y se me acerca: “señor, ¿quiere algo para leer?” ¡Cuánta civilización en una pregunta! Y cuánto halago en que nos tomen por lectores.

Una misión como escritor: que lo hermoso no quede sin decirse.

De “mi novia” a “mi chica” a -primera vez que lo oigo- “la chica que duerme conmigo”. En efecto, el modo en que nos tratamos construye nuestro entendimiento de lo humano.

La vida: esa manera en que nos van despojando de lo que ni siquiera teníamos.

Creo que paso la vida intentado decir lo menos posible, salvo con los amigos, con los que directamente apenas digo nada.

Muy impresionado. No nos conocemos tanto. De pronto, en el coche me mira de reojo y me clava en una frase: “yo sé que a ti te gustan los consulados portugueses”.

Es malo que nos odien, pero resulta mucho peor que no nos amen lo suficiente. Lo más vejatorio de todo, sin embargo, es que nos amen en exceso –porque nos aman pero no nos conocen.

Hay que intentar que nuestra vida no parezca una autoparodia, no ir por ahí de personaje, pero lo cierto es que ya la propia vida va haciendo su buena parodia de nosotros.

Una medida de cordura es alejarse del amor de quien nos ama demasiado pronto.

Me sorprende la realidad del progreso humano toda vez que no conozco a casi nadie superior a su padre.

Un señor -un hombre joven- ha intentado ligar conmigo. Me ha pasmado su delicadeza. Luego me ha apenado un poco pensar hasta qué punto esa delicadeza debe de ser hija del rechazo.

En España, una de las mejores maneras de resultar molesto consiste en ser educado.

Toda decisión de apartarse del mundo es tardía.

Sí, el amor es más importante que la fe, pero ¿no es la fe condición necesaria para el amor?

– Dime algo bonito
– Montañas
– No, va, en serio
– Concordia

Las únicas victorias verdaderas son contra el mundo.

En el fondo, ¡a qué poca gente debiéramos admitir en la gran intimidad del “tú”!

Siempre me pregunto si para abrirse paso en España no resultaría más práctico ser simpático que ser trabajador.

Cuánto cuesta que parezca que no cuesta.

En política, cuando se te pone cara de referente moral, es que estás muerto.

4am, y llego a casa muy cansado, más bebido que menos, con el nudo de la corbata ya próximo al ombligo. Me tomo un selfie en el ascensor a modo de “vanitas” o fábula moral para cuando esté sereno.

Uno sigue siendo joven mientras no le regalan calcetines.

No poder hacer lo que nos da la gana es casi siempre una suerte.

La esperanza es lo último que se pierde. Pero también se pierde.

Qué mar inmenso,
el lago del Retiro.
Cuando era niño.

Pero, ¿y qué es escribir, sino un modo de amar la vida?

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