Mauricio Fernández.

jueves 29 de enero del 2026

Actualizado el 30/01/2026 09:46

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España se ha convertido en el país de los parches y los titulares. Cada crisis —ya sea el accidente de los trenes de alta velocidad, los incendios del verano o la última DANA— sigue el mismo guion: improvisación, promesas y olvido. Detrás hay una verdad incómoda: quienes deberían gestionar lo público están más preocupados por su imagen que por resolver de verdad los problemas de los ciudadanos.

La gestión técnica se ha convertido en un botín político. Los cargos se reparten según fidelidades, no según méritos. Se nombran portavoces y expertos en redes sociales donde deberían estar ingenieros y buenos gestores. Políticos como Óscar Puente simbolizan ese nuevo estilo de poder: rápido con la réplica, visible en pantalla, ausente en resultados. Gobernar ya no es planificar, sino comunicar. España es un país gobernado por community managers sin escrúpulos, obsesionados por la viralidad, conseguir la mejor foto, subirse al último trend, dar zascas a sus opositores, colarse en la conversación o poner el tuit más ocurrente…

«Quienes deberían gestionar lo público están más preocupados por su imagen que por resolver de verdad los problemas de los ciudadanos».

Este modelo tiene consecuencias reales. Las infraestructuras envejecen, los servicios públicos colapsan y la confianza ciudadana se erosiona. Como dice un buen amigo mío, la España achatarrada que han creado los dirigentes políticos que nos gobiernan. Vivimos bajo la ilógica de la propaganda permanente: importa más el tuit que el puente, más el eslogan que el plan. España necesita devolver la gestión a los técnicos, proteger la aministración del clientelismo y premiar la competencia sobre la docilidad. Lo público no puede seguir siendo una agencia de colocaciones para amigos, o un escaparate de vanidades, sino una herramienta eficaz al servicio de la ciudadanía.

Y sí, la comunicación es estratégica e imprescindible en cualquier proyecto, y más aún, en la estrategia y el día a día de las instituciones públicas, pero no puede estar por encima ni ser prioritaria ante la misión y responsabilidad que asumen los políticos que la lideran.

Oscar Puente
Oscar Puente.

Cada tragedia que se repite —cada accidente, cada incendio, cada inundación— nos recuerda el precio de confundir política con espectáculo. No estamos ante la mala suerte o el infortunio, sino ante la consecuencia directa de la incompetencia institucional y la falta de gestión de la cosa pública. Y mientras no cambiemos eso, el país seguirá gestionándose a golpe de tuit.

La administración se ha convertido en una herramienta de comunicación, no de servicio público y la política en una competición de egos donde importa más ganar una discusión en X (antes Twitter) que resolver los problemas de movilidad, energía o sanidad. La mala gestión no es solo fruto de incompetencia, sino de un sistema que recompensa la propaganda por encima del conocimiento técnico. Se confunde liderazgo con espontaneidad, y comunicación con eficacia. Esta dinámica no solo erosiona la confianza ciudadana, sino que debilita la infraestructura institucional de un país que necesita planificar a décadas, no a titulares.

«La mala gestión no es solo fruto de incompetencia, sino de un sistema que recompensa la propaganda por encima del conocimiento técnico».

Urge devolver la técnica a quienes saben, blindar los nombramientos de profesionales de verdad frente al clientelismo político y profesionalizar la función pública. No se trata de una reforma estética, sino de una cuestión de supervivencia institucional. España no puede permitirse que cada crisis natural, cada avería o accidente, se convierta en otro espectáculo mediático sin consecuencias reales. Cientos de horas de titulares y de información para nada como estamos viendo en la última gran tragedia de los trenes. Al final es tal el batiburrillo informativo que la ciudadanía no sabe ya a qué atenerse ni donde está la verdad. Podemos esperar sentados como con el apagón a saber realmente lo que ha sucedido. Todo vale para embarrar el terreno de juego y pasar a otra cosa lo antes posible a la espera de la próxima desgracia.

Nadie es responsable de nada. Todo ocurre por generación espontánea o el infortunio.

Necesitamos urgentemente un Estado que funcione de verdad y no haga de la propaganda y la mentira su razón de ser. Uno que no viva de los trending topics ni de los vídeos virales, de los tuits ocurrentes, sino del rigor, la planificación y la rendición de cuentas. Sin eso, los eslóganes seguirán gobernando donde debería mandar el trabajo bien hecho y la gestión del día a día.

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