Cada cuatro años se repite el mismo ritual: personas que no suelen prestar atención al fútbol se transforman de repente en fervientes defensores de unos colores, de una selección, de una bandera, de un país. Millones de personas se enfundan una camiseta, besan una estrella bordada y convierten el Mundial en algo mucho más profundo que una competición deportiva.
Los colores se transforman en identidad y las victorias y los fracasos dejan de ser individuales para convertirse en patrimonio colectivo; las primeras se celebran en las calles y las derrotas se viven como una afrenta nacional. Se festeja con euforia, se sufre con dramatismo y, sobre todo, se toma partido.
La política contemporánea ha importado buena parte de esa lógica emocional, todo se interpreta en términos de minuto y resultado. También aquí se es “de los nuestros” o ”de los otros”, y el adversario deja de ser un competidor legítimo para convertirse en alguien frente al que hay que posicionarse.
En un Mundial no siempre gana el mejor equipo hay veces que se impone quien interpreta mejor el momento, administra la presión y conecta con el estado de ánimo colectivo. Los mundiales no se recuerdan solo por los campeones, sino por las historias que los acompañan: la sorpresa del equipo modesto, la caída del favorito, la figura que resurge en el momento decisivo, el nuevo ídolo nacional.
«Al igual que en un Mundial, la política contemporánea es una disputa permanente por relato porque hay que saber contar la victoria antes de que otros escriban la derrota».
En política ocurre algo parecido, las campañas electorales se parecen cada vez más a un campeonato de alto nivel, donde la estrategia, la narrativa y la capacidad para influir en la conversación pública resultan tan decisivas como las propuestas. La victoria suele depender también de la capacidad para interpretar el contexto, adaptarse a la presión y proyectar una imagen de solidez.
En ese escenario, el candidato desempeña el papel del jugador líder sobre el que recae el peso del equipo, pero detrás de él se encuentra el estratega político, equivalente al seleccionador nacional. Es quien define el plan, estudia al adversario, decide cuándo atacar y cuándo resistir. Los militantes y simpatizantes se parecen a las hinchadas; la afición, se asemeja a la opinión pública, sus emociones, expectativas y frustraciones pueden impulsar o hundir a un equipo y, del mismo modo, consolidar o debilitar una candidatura. El resto de los partidos, los adversarios, son vistos como rivales a los que derrotar más que en interlocutores con los que discrepar.
Los medios de comunicación, las redes sociales y los ciudadanos actúan como el VAR, realizando un escrutinio permanente de los mensajes y acciones de los dirigentes.
Un gol en el último minuto puede cambiar el destino de una final, en política, un titular, una fotografía o una frase pronunciada en el momento adecuado pueden remover la conversación pública y modificar las tendencias. Al igual que en un Mundial, la política contemporánea es una disputa permanente por relato porque hay que saber contar la victoria antes de que otros escriban la derrota.
A diferencia del fútbol, en política lo que está en juego no es una copa que se levanta cada cuatro años, sino la convivencia y el futuro compartido. Quizá la gran paradoja de nuestro tiempo sea que, mientras admiramos en el deporte los valores del respeto al rival y la deportividad, aceptamos con naturalidad una política y un ecosistema social donde la lógica del hincha ha sustituido a la del ciudadano.
Y las democracias necesitan ciudadanos capaces de cuestionar a los suyos y gobernantes que sean capaces de unir a quienes no lucen la misma camiseta.
Maritcha Ruiz es la directora de Crisis & Issues de ATREVIA.










