En una época en la que buena parte del debate televisivo se construye desde los platós, las conexiones remotas y la confrontación política, la cobertura realizada por Carlos Quílez desde Ceuta ha supuesto una excepción.
El coordinador del área de sucesos de Y ahora Sonsoles (Antena 3) decidió desplazarse hasta Ceuta, el epicentro de la mayor crisis migratoria vivida en la frontera sur española en los últimos años para contar lo que estaba ocurriendo desde el lugar de los hechos. No desde un estudio, sino caminando por las calles, las playas y los puntos fronterizos donde se desarrollaba una situación de enorme complejidad.
El periodista de Antena 3 se desplaza al epicentro de la crisis migratoria y reivindica una forma de informar cada vez menos frecuente en la televisión española.
La diferencia entre estar y contar desde la distancia quedó reflejada en cada una de sus intervenciones. “La realidad tiene cara y ojos, huele, se oye y solo acercándose a ella puede entenderse y, en consecuencia, explicarse”, resumía el periodista durante su cobertura.
Su trabajo mostró una Ceuta muy distinta de la que podía percibirse únicamente a través de imágenes aisladas o declaraciones institucionales. Quílez recorrió una ciudad sometida a una presión extraordinaria, acompañó patrullas sobre el terreno y explicó el papel que desempeñaban tanto la Guardia Civil como las Fuerzas Armadas en un contexto de máxima tensión.
Pero también puso rostro al drama humano. Habló con personas migrantes atrapadas entre la incertidumbre y la desesperación, describió el agotamiento físico y emocional de quienes habían sido empujados hacia la frontera y trasladó a la audiencia el clima de preocupación que se respiraba entre los propios vecinos de la ciudad.
Lejos de los relatos simplificados, su cobertura evitó tanto el sensacionalismo como la militancia política. Apostó por contextualizar, escuchar y observar antes de emitir conclusiones, una práctica que durante décadas constituyó la esencia del reporterismo y que hoy resulta cada vez menos habitual en los grandes formatos audiovisuales.
Precisamente ahí reside el valor añadido de este trabajo. Mientras buena parte de la televisión convierte las crisis en debates entre tertulianos, Quílez optó por hacer periodismo de presencia: caminar, preguntar, contrastar y explicar.
Su cobertura recordó que determinadas historias solo pueden comprenderse cuando el periodista comparte espacio con quienes las están viviendo. La distancia física suele traducirse en distancia informativa.
En un ecosistema mediático cada vez más condicionado por la velocidad, la polarización y la búsqueda del impacto inmediato, resulta especialmente relevante que profesionales con una larga trayectoria sigan reivindicando el periodismo de calle, el que exige abandonar el plató para enfrentarse a la realidad, aunque eso suponga jornadas interminables, calor, incertidumbre y una enorme exigencia profesional.
La cobertura de Carlos Quílez en Ceuta constituye, en ese sentido, una reivindicación del oficio. No porque ofreciera respuestas sencillas a una crisis extremadamente compleja, sino porque recordó que la primera obligación del periodista sigue siendo estar donde ocurren las cosas.
Más presencia sobre el terreno y menos ruido. Más reporterismo y menos espectáculo. En definitiva, más periodismo como el de antes.













