Mauricio Fernández.

jueves 04 de junio del 2026

Actualizado el 05/06/2026 10:36

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España ya no necesita guionistas. O, mejor dicho, los mejores guionistas ya están aquí, solo que no trabajan en plataformas audiovisuales, sino en la vida pública. Lo que antes era material de ficción —intrigas palaciegas, redes de corrupción, giros de guion imposibles, relatos truculentos— hoy se desarrolla en tiempo real, con rueda de prensa, filtraciones selectivas y debates televisivos que funcionan como auténticos “aftershows” o “cliffhager” del capítulo semanal.

Cada poco día se estrena una nueva trama. El caso Mango irrumpe como un thriller oscuro; los episodios que rodean al PSOE se presentan como una serie coral llena de silencios incómodos y contradicciones; lo de Ábalos añade ese elemento de personaje caído que siempre funciona bien en términos narrativos. Todo encaja con una lógica dramática inquietante: hay tensión, hay misterio, hay revelaciones a cuentagotas. España, sin proponérselo, se ha convertido en un hub de producción de contenido continuo, una fábrica inagotable de historias que harían las delicias de cualquier plataforma.

«Todo encaja con una lógica dramática inquietante: hay tensión, hay misterio, hay revelaciones a cuentagotas».

Nuestro país es ya por méritos propios un gran plató de tv. Sin miedo a confundirnos podemos afirmar que somos protagonistas de la primera serie inmersiva de la historia. Queramos o no, el ciudadano forma parte de una realidad virtual de la que no puede escapar. Somos sujetos destacados de un macabro guion que se escribe día a día, con la diferencia que aquí no hay guion cerrado ni temporada final prevista. Y, sobre todo, no hay distancia entre el espectador y la historia. No estamos viendo una serie: estamos dentro de ella. Pagamos el precio de cada giro, sufrimos las consecuencias de cada trama y asistimos, casi con fatiga, a una sucesión de escándalos que han dejado de ser excepcionales para convertirse en paisaje y parte de nuestras vidas. Y no es ficción, es la vida real, nuestro día a día.

«Somos sujetos destacados de un macabro guion que se escribe día a día, con la diferencia que aquí no hay guion cerrado ni temporada final prevista».

Ese es el verdadero punto de inflexión. No es tanto lo que ocurre, sino cómo lo estamos asumiendo. La acumulación constante de casos, polémicas y episodios turbios ha generado una especie de anestesia colectiva. Lo que hace unos años habría provocado dimisiones inmediatas, crisis institucionales, cambios de gobierno y movilizaciones sociales, hoy apenas ocupa unos días en la conversación pública antes de ser reemplazado por el siguiente escándalo. El listón no es que haya bajado: directamente ha cambiado de lugar y ha desaparecido.

La política ha aprendido —o ha decidido— jugar bajo las reglas del entretenimiento. El relato importa más que la verdad verificable. La estrategia pesa más que la responsabilidad. Es una huida hacia adelante continua porque no existe ninguna estrategia ni argumentación lógica que pueda justificar lo injustificable. No queda otra. Cada intervención parece pensada para generar impacto, para marcar tendencia, para dominar el ciclo informativo durante unas horas, para generar ruido, confusión, para enmascarar lo más posible la auténtica realidad. Se habla para sembrar titulares, no para ciudadanos. Se comunica para ganar el momento, no para resolver problemas. La intención básicamente es ganar tiempo para sobrevivir.

«Se comunica para ganar el momento, no para resolver problemas. La intención básicamente es ganar tiempo para sobrevivir».

Y así, poco a poco, el espacio público se transforma en un plató permanente. Hay protagonistas, antagonistas, giros inesperados y hasta personajes secundarios que de repente ocupan el centro de la escena. Todo responde a una lógica narrativa que premia el ruido, el ridículo más infinito a cambio de penalizar la profundidad y el análisis riguroso. En ese contexto, la verdad queda diluida entre versiones, interpretaciones y campañas cruzadas. Lo importante ya no es tanto lo que ha ocurrido, sino qué historia consigue imponerse y durante cuánto tiempo.

La reacción social

Pero quizá lo más inquietante no está en los despachos ni en los titulares, sino en la reacción social. La resignación se ha convertido en una forma de supervivencia. El cinismo, en una defensa frente al desgaste. Muchos ciudadanos observan este desfile de episodios con una mezcla de incredulidad y cansancio, como quien sigue una serie que ya no le entusiasma pero que tampoco abandona. Y ahí reside el verdadero riesgo: cuando todo parece dar igual, cuando cada escándalo se percibe como “uno más”, el sistema pierde la presión necesaria para corregirse y la democracia agoniza.

No es un asunto ya de ser de derechas, de centro o de izquierdas, de ser más o menos progresista o como lo quieran llamar; es una cuestión de sentido común, de utilizar la cabeza para hacer un análisis real, profundo y sincero de lo que está sucediendo y hacia dónde estamos llevando a nuestro país. Cada uno debe de tener el criterio suficiente para obrar en consecuencia y tomar las medidas que estén a su alcance. No sirve ponerse la venda y decir que da igual, que como son de los míos pues habrá que asumirlo. O el argumento de que todo es ruido y más ruido y que tampoco es para tanto, que en el fondo son todos iguales y forma parte de nuestra singular historia.

España, en definitiva, se está escribiendo a sí misma como una serie interminable. Una serie inmersiva para el ciudadano de a pie, el auténtico protagonista. Una en la que cada temporada promete superar a la anterior en intensidad, pero en la que los valores que deberían sostener el relato —responsabilidad, transparencia, integridad, principios, decencia…— se van difuminando capítulo a capítulo. Lo que queda es un espectáculo continuo, eficaz para captar atención, pero profundamente erosionador para la confianza colectiva.

Y a diferencia de esas grandes productoras, aquí no podemos cambiar de serie, ni saltarnos episodios, ni esperar tranquilamente a la siguiente temporada. Aquí seguimos dentro del guion, intentando distinguir, cada vez con más dificultad, entre lo que es relato y lo que debería ser realidad.