Platonismo pasajero

Ignacio Peyró | 2 noviembre, 2016

Resulta siempre prudente no probar la capacidad que los demás tienen de querernos.

No son ni las doce de la mañana y ya me han dicho -por dos vías distintas- que “nuestro mundo desaparece” y que “el desastre se está consumando”. Y seguramente es cierto, tanto como que la única manera de seguir adelante es no creérselo.

PUBLICIDAD

A veces los demás nos exigen una santidad que cuesta pensar que se merezcan.

Los camareros iban más enchaquetados que los miembros de la Académie Française y uno no podía aspirar a cliente habitual sin llevar entre pecho y espalda tres bypasses. Desde luego, el viejo hotel Velázquez no era un lugar donde las cabezas de ciervo se hubieran colgado a modo de ironía. Todavía tenía las pretensiones de llamarse “Gran Hotel” y constituía una tradición reverente entonar la deploración de su cocina. En los últimos años había hecho un esfuerzo por renovarse, y mostraban con orgullo la carta de ginebras cuando quizá el lugar lo que reclamaba era un Calisay. Pusieron también unas luces azuladas que uno hubiera esperado menos en la calle Velázquez que en una whiskería de la A42. No hace falta decir que el Velázquez es un sitio donde uno ha pasado las mejores tardes, entre galletitas saladas, largas chupadas de habano -cuando se podía- y el rumor conspirativo de las mesas vecinas. Ahí siempre se oía a algún prohombre alabar a Manolo Pizarro. En fin, a alguna novia llevé al bar no más que por probarla. ¡Viejo hotel Velázquez, último pecio barriosalmantino, con unos baños que tenían la gravedad y los mármoles de los mausoleos! Ahora va a sucumbir a una cadena de hoteles de esos en los que puedes hacer de todo salvo lo que te dé la gana.

Trato con un librero de viejo a propósito de un tomo que le he comprado y que parece haber perdido. Me ha encantado su respuesta: “sé que lo tengo porque al guardarlo leí algunos poemitas”.

Sobre nada vemos más pasar el tiempo que sobre aquello que vimos nacer.

Si alguna vez tengo la sensación -ilusoria y pasajera- de que me va bien en la vida, tiendo a acordarme de una escena: esas clases de latín vulgar a las ocho y media de la mañana, cuando tenía diecinueve o veinte años y un miedo abrumador, totalmente justificado, hacia el futuro.

Suelo frenarme a la hora de condenar la estupidez del mundo, inseguro de si no debo, en algún epígrafe, incluirme a mí.

No voy de gourmet en el tema, pero -a mi juicio- hay dos momentos en que las mujeres están especialmente guapas, quizá porque son momentos en que no están para nadie. Uno es cuando hacen la compra en el supermercado, gran pretexto para el platonismo pasajero. Es cosa de ver esa concentración, esa seriedad, esa economía de movimientos: uno topa con ellas entre la sección de lácteos y los congelados de Frudesa y observa ahí una inteligencia logística que el duque de Wellington les hubiese envidiado. Empujan el carrito, cotejan precios, compran lejía perfumada. Avanzan con su pelo recogido y un chic inconsciente. De pronto les suena el teléfono y las vemos detener la marcha como un astro que dudara de su órbita. Escena para un Garcilaso del siglo XXI: ese alabeo tan dulce cuando se ponen de puntillas para coger un tambor de Dixán. Será que nos gustan más vestidas para comprar que vestidas para matar.

En el otro momento parece alegrarse la creación entera: es cuando una madre joven empuja el carrito con su niño, y le habla y le mira, y le acaricia y le juega. Mi barrio -el Retiro– está lleno de esas madres con bebés en el carrito, que a los pocos años se convierten en madres con niños en triciclo o bicicleta. Antes de eso, su paseo es una tregua terrestre, como una atmósfera protectora a cuyo alrededor todo importa menos, todo se suspende y la misma vida lima aristas. Pasan por la calle como si en este mundo solo existiesen madre e hijo.

Desconfiemos de esas cosas -la grafología, los astros- que hacen interesantes a todo el mundo.

Llego a casa de noche y me encuentro un sobre bonito y bueno, de ese papel que parece Pladur, adornado con una caligrafía sin duda femenina. Lo abro ilusionado y curioso: debo de andar con la autoestima a la altura del Himalaya, porque estoy convencido de que es una carta de amor. Luego resulta que es un contrato mercantil y paso varios minutos discutiendo conmigo mismo si alegrarme o apenarme.

Hay un tipo de comidas de compromiso que se nos indigestan antes de empezarlas.

De pronto me viene a la cabeza la idea de llamar por teléfono a mi casa –Montepríncipe– de niño. Llevará dos décadas deshabitada, pero me hago la ilusión de que llamo y me responde mi alter ego de ocho años o diez. Luego, un pensamiento me deja un poco melancólico: lejos de aconsejarle nada, más bien le preguntaría yo a él.

Unos cuantos años ya en este cucaracheo del escribir, y todavía me pongo nervioso antes de empezar, como esos jugadores que corretean por la banda.

Vino portugués en el restaurante chino de un hotel madrileño de decoración francesa, gestión americana y propiedad singapureña. A ver si la globalización va a ser la manera de que todo quede en casa.

Hablamos sobre árboles en twitter y leo: “los plátanos dan alegría. Por eso los quitan”. Luego resulta que he leído mal: los plátanos dan alergia, claro, no alegría. Pero de alguna manera me parecía que eso de quitarnos un placer inocente era del todo congruente con nuestras expectativas sobre la gestión municipal.

Pensamiento nocturno: hay tantas cosas que nos quitan el sueño que quizá lo mejor sea simplemente irnos a dormir.

Responder

¡Se el primero en comentar!

Notificar
avatar

wpDiscuz